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4 septiembre 2009 / germansierra

El mérito de Christian Poveda

Post de Javier Medina Anquela

El asesinato de Christian Poveda en El Salvador me ha hecho revivir una sensación que no me atrevo a calificar de tristeza, porque no es ese el adjetivo exacto. De hecho estoy convencido de que no encontraré la palabra que defina el sentimiento que provoca en mí el recuerdo de mi experiencia en esas tierras.

Una tierra donde murió el miércoles alguien que, a fin de cuentas, no era nada más que otro hombre (y nada menos). No es miedo, ni pena, ni rabia, ni impotencia, ni compasión lo que siento al recordar. Lo que sí me atrevo a decir es que no siento ni más rabia, ni más pena, ni más impotencia, ni más compasión por la muerte de Poveda que por la vida de aquellos por los qué él mismo se arriesgó a morir.

Hace dos primaveras yo mismo puede conocer de cerca la realidad centroamericana. Hace dos primaveras europeas, se entiende, porque en el Triángulo de Maya no existe la primavera. Lluvia, sol, lluvia, sol, lluvia, sol, lluvia, sol… Como en sus calles y en sus selvas: siempre lluvia y sol, no hay término medio.

El Salvador, Honduras y, sobre todo, Guatemala los recuerdo como la herida más podrida de Centroamérica, infectada e infestada de gusanos. Pero una herida abierta sobre un cuerpo hermoso, por el cual experimento tanta atracción como repugnancia. No puede saberse con exactitud cuál de estos tres países tiene el macabro honor de registrar el mayor número de asesinatos por habitante, pues los datos son confusos.

Según la lista de la Geneva Declaration on Armed Violence and Development de 2008, en Honduras, que encabeza la triste lista a nivel mundial, se registraron 58 asesinatos por cada 100.000 habitantes, en El Salvador 48 y en Guatemala 47.

Sorprende comparar la cifra con la de Irak, tambien en 2008: 21 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Hay que tener en cuenta que miles de personas ni siquiera son registradas al nacer, y que el nombre y el cuerpo de muchos de los asesinados jamás verán la luz. Conviene recordar también que estas cifras hablan sólo de muertos reconocidos; se obvian palizas, violaciones, amenzas…

Al fin y al cabo el número exacto de gusanos no importa demasiado cuando la gangrena se sigue extendiendo por la carne sana. Pero como, desgraciadamente, desde aquí lo entendemos como un juego de mapas y gráficos, los números nos son inevitables.

En Guatemala, donde pasé uno de los periodos más bellos de mi vida, se estima que existen más de 2 millones de personas sin censar en una población aproximada de 14 millones de almas, de las cuales más del 50% son oficialmente pobres (yo diría miserables). Las maras salvadoreñas, hondureñas o guatemaltecas no son simples bandas criminales, son familias cuya supervivencia se basa en matar, drogarse y robar.

En las maras el mejor hermano es el que más y mejor mata, el que más desprecia la vida, el más temido. Yo, que no soy más que un curioso  pasé un día por el guatemalteco pueblo de Santiago Atitlán, de unos 20 mil habitantes. La población está escondida entre selvas y volcanes, a las orillas de un gran lago.

Allí me quedé colaborando siete semanas con un grupo que trabaja ayudando a niños con discapacidades de todo tipo: autistas, personas con síndrome de down, paraplégicos, mancos… De todo y todo revuelto, aunque ya es bastante que se piense en ellos si tenemos en cuenta la mentalidad medieval de los Tzutujil, la etnia indígena del lugar.

En Santiago Atitlán los predicadores venden a voces los tormentos del infierno en el mercado, y a la hora de la oración cada uno acude a su templo. Asistí a uno de estos ritos, animado por mis buenos vecinos, y quedé petrificado. Entre espasmos y gritos, la histeria colectiva y el llanto se apoderaba de los files durante el sermón, en el que participaban también los niños más pequeños.”El Espíritu entra en nosotros”, decían.

Tal es la desesperación y la locura que impera en esos países. “Aquí no existen maras”, me dijeron. “Hubo una pequeña mara, pero los mataron a todos y los tiraron al lago”, presumían. Aprendí a no creerme de primeras las historias que contaba la gente. Pero la realidad siempre superaba la ficción.

En Santiago Atitlán, no existen maras, eso es verdad (al menos cuando yo estuve, entre febrero y marzo de 2008), pero pululan otros grupos, algunos relacionados con sectas evangélicas que, a modo de inquisidores, anuncian la próxima muerte en folletos que reparten por el pueblo: a fulano lo mataremos “por brujo”, a mengana “por adúltera”, a zutano “por drogadicto”.

Limpieza Social, Los Justicieros o Grupos Armados Sin Fronteras son algunos de los nombres de estas sádicas organizaciones. Grupos Armados Sin Fronteras, que desastre, se hace manifiesta su profunda estupidez con sólo conocer el nombre de la banda.

En el breve periodo de tiempo que yo pasé en este pueblo asesinaron aproximadamente a unas 15 personas, recuerdo especialmente el caso de dos mujeres que se subieron a una camioneta con otros dos hombres y desaparecieron en la noche.

Al día siguiente encontraron muertos a los cuatro: ellas “por adúlteras”, decían, y ellos… de ellos no recuerdo lo que decían. En cambio, qué misterio, fui feliz todo el tiempo, sobre todo hablando, jugando, aprendiendo a cortar leña o haciendo tortas con Isaac, Edwin o Telma, mis vecinitos.

Christian Poveda, según afirmó su amigo Pablo Gil a Europa Press, “era consciente de los riesgos, pero no tenía miedo”. Supongo que su larga experiencia en El Salvador le hizo sentir que la vida de esos críos, que entran en una mara para encontrar refugio, no era menos valiosa que la suya.

El mérito de Poveda es que él, al contrario de esos jóvenes, era libre de escapar de las terroríficas calles salvadoreñas para vivir, quién sabe, quizá en París o frente al Mediterráneo, con su familia. Quiso quedarse y denunciar. Una amiga mía, Teresa, compuso una canción en la que una niña guatemalteca muerta nos narra que hoy le han privado de la vida.

La niña existió realmente y su historia conmovió a Tere cuando se la contaron. Finaliza la letra diciéndonos: “no todos somos como tú”. Pues no, no todos tienen nuestra suerte. Mis respetos al trabajo de Poveda, aunque el eco de lo que allí pasa siga sin calar del todo en nuestros corazones. Para algo servirá, espero.

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4 comentarios

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  1. alicia / Sep 4 2009 12:02

    Y yo ahora mismo preocupada porque el coche suena muy mal…la conciencia a veces pesa poquito.

    Respecto a la educación especial en Santiago, fue el año pasado cuando se reconoció que niños y niñas con discapacidad tanto física como intelectual tenían el derecho reconocido a asistir a la escuela, pues el anterior presidente , Oscar Berger, en su día había vetado la ley -una vez ya aprobada- en la que se pretendía reconocer dicho derecho.
    La violencia..sí hay maras en Santiago aunque cada vez son más los jóvenes que se organizan en grupos violentos como limpieza social que es el más potente en Santiago hoy día. Datos que saqué hace unos meses de Guatemala:

    Más de 2.000 agentes están vinculados al crimen organizado
    casi 6.000 personas fueron asesinadas en 2006.
    Hay un promedio de 19 asesinatos al día, que si lo comparamos a modo ilustrativo con España estaríamos hablando de 80 personas asesinadas cada 24 horas y 30.000 al año.

    Más del 75% de la cocaína existente en Estados Unidos llega a través de Guatemala…ENTIENDO tu reflexión…

  2. javiermedinaanquela / Sep 4 2009 12:57

    Hola Alicia,

    Gracias por tu aporte respecto a la ley relacionada con la educación especial, la desconocía por completo. Por otro lado entiendo que exista cierta confusión entre las maras y otras bandas criminales de diferente género. Limpieza Social no es una mara, insisto. Las maras se originaron en Estados Unidos, se componían por jóvenes inmigrantes marginales de Honduras, El Salvador y Guatemala. Las maras la integran niños abandonados o huidos de sus casas, drogadictos, convictos, es decir, gente que proviene de los estratos más marginales que gracias a la droga y los robos consiguen sobrevivir. Limpieza Social emplea su violencia principalmente y precisamente contra los marginados, no por la supervivencia de sus miembros sino por un sadismo encubierto de ideologías religiosas y políticas sociales. Un abrazo Alicia, muchas gracias por tu comentario.

  3. alicia / Sep 4 2009 13:20

    Quizá me expliqué mal: en Santiago siempre ha habido maras y aun quedan restos de alguna…muchos componentes de ellas se han introducido en bandas organizadas, principalmente para secuestros y asesinatos de tipo político (son numerosos los enfrentamientos violentos, asesinatos y/o extorsiones a los vecinos, por ser el primo de tal político o partidario de “x”…). Las maras no han desparecido en Santiago por arte de magia, simplemente aquellos chavales marginados que delinquian, en estos últmo años se han “integrado” en organizaciones más potentes, de las que suelen ser los ejecutores.
    Aún así, sigue habiendo maras, motivo por el que uno de los proyectos en el que esamos trabajando en Guatemala, es la prevención de la violencia en los jóvenes de Sanbtiago Atitlán.
    Se me olvidó darte la enhorabuena, me encantó. Un abrazo.

  4. javiermedinaanquela / Sep 4 2009 14:24

    Gracias de nuevo Alicia. Comprendo lo que quieres decir, sólo pretendía matizar que una mara no es simplemente una banda que utiliza la violencia. En Atitlán una mara puede entenderse como cualquier “pandilla de maleantes”, pero lo cierto es que el rigor lingüístico de un Tzutujil da lugar a estas confusiones. Existen grandes diferencias sociológicas que diferencian a los distintos tipos de grupos armados. De este modo, no es lo mismo una mara que una guerrilla, ni una banda de traficantes que un grupo extremista religioso (aunque estén relacionados con crímenes, torturas, drogas…). De hecho, lo que intento hacer ver con este artículo es que, en el Triángulo Maya, la violencia surge en todos lados independientemente de los nombres y excusas. Y que en Santiago Atilán el poder está en manos de las sectas evangélicas, algunas de las cuales simpatizan con grupos tan macabros como Los Justicieros, Limpieza Social… Estas organizaciones, responden a un estilo de vida, acción y fines radicalmente diferentes al de las maras (véanse las Mara Salvatrucha y M18, presentes en los tres países). De nuevo me alegran tus aportes y no los discuto en absoluto. Sólo intento que nadie se confunda con lo que es y no es una mara en el sentido estricto de la palabra. Saludos.

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